6 de julio de 2007

escuchar

En el barrio donde vivo, Poiais de São Bento es una de las calles principales, y el itinerario más corto para ir hacia el Chiado y la Baixa. Estrecha como una cañería, por ella circula el tranvía 28, en algunos tramos acariciando la chapa de los coches aparcados y paralizando a los peatones, que han de pegarse a las fachadas de los edificios si no quieren ser aplastados por la cápsula amarilla.

Hacia el final de la calle, en un sótano semioculto al que se accede por una vieja escalera, tiene su taller un viejo luthier de instrumentos de viento metal. Paso ante esa puerta al menos tres o cuatro veces por semana. Los primeros meses no me di cuenta de la existencia de ese sótano, hasta que un día de inicios de noviembre escuché el lamento de una tuba y busqué el origen del sonido. Me incliné y, a través de la puerta, escaleras abajo, distinguí un mostrador sucio y un tubo dorado y acampanado en la penumba. Después, unos dedos de alambre lo tomaron, el metal desapareció y volvieron a oírse dos o tres frases musicales inconexas, el andar cansino de elefante de una tuba. Pasó el tiempo, no volví a encontrar la puerta abierta, ni a oír ningún otro instrumento, y lo olvidé.


Hasta que una mañana ventosa, no hace más de dos semanas, me apreté contra una vieja casa de paredes sin reboque para escapar a la embestida del 28, y tras el estruendo del tranvía me quedé allí pegado, helado. En el silencio de la calle sonaba una trompeta quebrada, triste, una trompeta. ¿Hay algo tan hermoso y triste como una trompeta rota contra el silencio? Reconocí la puerta de cristal, la abrí y bajé las escaleras. Un hombre de cabello gris inclinaba su cuerpo enjuto sobre una trompeta de metal sucio, le arrancaba largas notas que formaban el inicio de algo, sin despertar aún la canción, apoyándose en el silencio como quien torpemente se apoya en el frágil pretil de un pozo. Al borde de ese abismo tocó durante algunos minutos más, hasta que el sonido se quebró y apartó la trompeta de sus labios. Me descubrió entonces, y me regañó, amable y jocoso, por no haberle avisado. “Deseja alguma coisa?”, dijo. Me costó hablar, recuperarme y buscar alguna excusa. “O meu saxofone estragou-se”, improvisé. Me dijo que no solía reparar saxofones, pero que si era una pequeña avería podría intentarlo. Y así acordamos que al día siguiente le traería mi saxo alto de mentira.

Desde entonces, cada vez que paso ante la puerta temo que surja de su pozo de silencio y notas rotas, que me pregunte por el saxofón. Y aún así me pego a la pared, aunque no venga ningún tranvía me arrimo a la puerta y aguzo el oído, por si puedo volver a escuchar aquella música quebrada siquiera una vez más.

Enrico Rava, trompeta: 10 Lady Orlando.mp3

6 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Chapeau! (Aunque por ahí creo que dicen "chapeu", ¿no?, aunque no sé si sirve para expresar, como en esta ocasión, con una breve y contundente palabra la admiración por algo, un bello relato como el que has escrito, por ejemplo.
Un abrazo

MIRIAM dijo...

Qué bueno que el 28 tenga ese carácter; esa furia de dragón amarillo que arrincona a las personas contra paredes misteriosas. Mire qué rico se ha vuelto desde la última embestida: hay un sótano que le habla, un hombre que le espera y un saxo aguardándolo en alguna tienda.
Besos.

Daniel Pelegrín dijo...

Gracias, amigo DR, es un lujo tenerte como lector. Un abrazo.

Miriam, las historias se encuentran a veces de ese modo, tratamos de evitar algo y nos tropezamos con lugares así, con momentos que parecen un cuento. Y no lo son. O será que la vida tiene más de ficción de lo que suponemos. A saber. Besos

Anónimo dijo...

Vengo a desear linda semana, también a comentar tu entrada, pero luego de leer algo tan hermoso, yo de plano me cohíbo.

Es que ¿cómo se comenta a la belleza?

=)

Bajé la canción e iba leyendo a medida que escuchaba... ha sido un ejercicio que más que rayar en eso simplemente, se aproxima a lo que no se puede definir con palabras. Y es que sucede como con los reflejos, algo que allá brilla acá
se detiene en el destello.

Yo recordé los aromas y sonidos de la infancia, la esquina donde el molino en el pueblo de la abuela se dejaba llevar con la leve brisa de la mañana, la voz de la abuela llamando al desayuno, el piso ajedrezado en el corredor de una casa a otra y las gorditas recién doradas.

=(

chispas.

Muy bonito Azófar, de verdad muy bonito. Felicítote. O ¡Chapeau! como dice y dice bien Rayuelita.

Anduve un tanto ocupada con lo de la exposición, y hoy medio enferma aún, pero es un gusto pasar de visita por aquí... las entradas anteriores igualmente para atesorarse.

Abrazos.

Rox.

Anónimo dijo...

(no hagas mucho caso de la redacción, mira que sigo mareada y dormida con tanta pastillita)

:)

Mabalot dijo...

Pues sí, qué gran texto Azófar. Me encantó.
Un abrazo.